No me gusta el small-talk.
Que el taxista me haga platiquita, que alguien me pregunte alguna nimiedad en el elevador o que haya que hablar mientras se está comiendo sólo por matar el silencio, es algo que me incomoda. Eso, aparte del hecho de que, con los años, me he acostumbrado más a escuchar que a hablar por lo que termino escuchando lo que los demás me digan... aunque a mí no me interese.
A veces, es mejor callar y, si acaso, mecer un poco la cabeza.
Cada mañana que lo veo, el portero me pregunta lo mismo: "¿Ya de salida?". Asiento con la cabeza.
Cada noche que llego, el portero me pregunta lo mismo: "¿Ya llegando?". Asiento con la cabeza.
Cada mañana, al llegar al trabajo, el poli me hace la misma pregunta: "¿Compu y cámara?". Asiento con la cabeza.
Cada mañana, un señorcito hace la misma broma a una de las niñas que trabaja conmigo. La misma.
¿Cuál es la necesidad de abrir la boca? Y si es tanta, ¿cuál es el empeño de decir lo mismo?
Mi problema con el small-talk, no es tan básico como el "Mucho frío últimamente, ¿verdad?"; sino con la poca capacidad de la gente para discernir entre decir o no, algo.
Tal vez por eso no había escrito.
En fin... Acá estamos: Ya llegando...